CONCHA ZARDOYA

 

             (Al margen de toda su obra)

          TE llamé carpintero, albañil de sonetos
-enamoradas casas de tablas transparentes-
que a tu amor ofrecías en la mañana pura:
catorce ramas altas con aroma de bosques,
bien cortadas y en orden, humildes y sencillas.
Tu casa de madera al cielo se elevaba.
Sin rincones de angustia, con ventanas abiertas
a la luz que fulgura, olorosos tabiques
de abedul o de pino, de ancestral araucaria,
sin los húmedos líquenes de la pena o del llanto:
sin escoplo cortastes la más noble madera
y sin clavos alzastes la techumbre a la brisa.
Hoy repaso tus versos y, llorando, te llamo
marinero de adioses y sollozos hundidos,
sembrador de tristezas -semillas de tu surco-
corazón ululante de sombríos paisajes,
de hombres torvos -sureños-, imagen de la vida.
Pintor de los crepúsculos te llamo al evocarte.
Se enredaban las sombras de los obreros muertos
en tu frente de joven, al pisar maestranzas
en donde ardía el cobre o el hierro sus gemidos
anclaba por su sangre o enroscados sangraban.
Poeta adolescente de triste alma inmensa,
tus versos se crispaban al decir tu poema.
Cantor de amantes muertos has sido, Pablo, un día,
cantor desesperado, sediento y doloroso,
naufrago del amor que nunca llega a puerto.
Mas tus redes de música tendías en la orilla
del luto y del océano. Ya tu alma rodaba,
interminable y triste, libertando sus pájaros.
Centinela del hombre infinito te llamo,
socavador del cielo y exasperada antena
de todas las derrotas, desgracias y esperanzas.
Pararrayos de minas que a la luz alta aspiran,
el hacha justiciera de todas las desdichas.
Abeja que has rondado la flor de la miseria.
El hondero entusiasta fue bautismo de libro,
al abrazar los vientos, los fuegos más oscuros,
que seguirá tu nombre, estela de cometa,
presagio alucinado de todas las edades
venidas, por venir, con brazos de gigante
Hondero te proclaman las flechas, las centellas.
Residente del mundo, proclamaste derechos
de la ceniza informe, de las acciones negras,
de todas las miradas caídas en el polvo,
de los relinchos rojos del caballo radiante,
de las nobles escobas gastadas por el uso,
del cuerpo envejecido, las lanas desteñidas
Proclamaste orgullos de los trabajos sordos,
noblezas del aceite, de todos los oficios,
de sentinas tenaces, lúgubres estaciones.
Los sistemas sombríos del Tiempo irremediable.
dislocaron esferas de perfección antigua,
y tus nuevos rituales cantaron la impureza.
La materia salvaron tus cantos, lo inundado,
los pobres alimentos, verdes signos del apio.
Del vino proclamaste los turbios estatutos,
desenterraste muertos que aún estaban vivos,
salvaste para siempre los leños ahogados:
las furias y las penas crecieron en tu verso.