- SERGIO MACÍAS
Yo le conocí en Isla Negra
cuando el aire tocaba
las campanas de su casa,
para que el océano cantara.
Más allá un ancla descansaba
de sus largos y misteriosos viajes
sobre el jardín de tierra y arena.
Estaba sola ante los rugidos
que salian de los abismos.
Junto a sus mascarones,
caracoles y botellas,
bebimos por Ercilla y la Araucanía.
Por el tren entre ramajes de lluvia
que se sacudían sobre su infancia
de maderas, ponchos y manzanos.
Recordé a Kayyam en sus palabras:
"Bebamos el día con su fuego
y la noche con su sangre".
Me marché cuando comenzaban
a salir las espuelas del cielo.
Y él con su sonrisa de miel
agitaba sus manos de niño.
Como alas de abejas
en una ardiente despedida.
A sus espaldas
el silencio
que desvencijaba al mar.
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